sábado 7 de noviembre de 2009, 16:29:59

Tipo de Entrada: RELATO | 1677 visitas

“No hay ninguna montaña fácil ni ninguna que te decepcione”
Javier, o sea, yo.

Perdonad la estupidez, pero es que me fascinan esas célebres citas de famosos montañeros  y no me atrevo a poner ninguna a este sencillo relato.

Y ahora, tal y como “amenacé” el otro día, ahí va el tocho.

Ya he dicho en alguna piada o post que no me importa lo más mínimo renunciar a una cima, repetirla o volver a subirla por otro lado... pero también soy consciente de que como cualquier hijo de vecino estoy sujeto a ese afán de coleccionar y clasificar que a todos los humanos nos caracteriza. Esta reflexión tan simple es la que me hice al llegar a la cima del pico Russell el pasado sábado 31 de Octubre desafortunadamente – y eso me llevó a otra reflexión – en solitario tras cinco intentos en casi dos años. Y me doy cuenta que, sin querer, con el único afán de subir a las cimas de los 13 macizos principales de los Pirineos (sólo nos falta una), acabo contando y clasificando cada una de las cimas que hemos hecho y no sé si esto me gusta ya que, como a la mayoría de todos y todas los que rondáis por esta web, lo único que importa es estar en la montaña (y si es en los Pirineos mejor, como Henry Russell, que viajó por todo el mundo y quedó prendado de ellos).

Bien, pues esto sólo es el preámbulo del relato de “Russell (el pico) y yo”, extensión de mis piadas. Aviso: es un buen momento para hacer “clic” en algún link y descubrir algo más interesante, pero bueno, yo sigo y ahí voy.

Inspirado por la lectura de “Souvenirs d’un montagnard” del ínclito conde Henry Russell, decido subir a su monte homónimo en solitario para respetar su espíritu el 2 de Noviembre de 2.007, día en que se da una méteo fantástica. Lo ataco por Llauset porque así me ahorro unos kilómetros de coche aunque sólo tenga el típico mapa de Alpina (del año de la polka) y ninguna reseña: improvisaré. La cosa pinta bien (foto 1) y sobre las 11 h. del sábado 3 tengo esta panorámica (foto 2); me voy hacia el collado de los bucardos y, inconsciente de mí, me meto en la cresta que va directamente hacia el pico. Tras mucho batallar por ella en solitario, a las 13 aún me queda eso (foto 3)  y sé que he fallado, he de volver. Me lo he pasado bomba, unas vistas fantásticas y otra vez será.

21 de Junio de 2.008. “Armado” esta vez con mi inseparable compañera Mercè – salvo contadas excepciones como la anterior – vuelvo al ataque por el mismo camino porque aún no es accesible la vía “fácil”, por Llosars. Esta vez plantamos tienda en el mismo collado de Ballibierna y a la mañana siguiente repito la foto de mi primer intento (foto 4) para que os hagáis una idea de cómo se presenta la cosa = toda la mañana por delante pero mucha más nieve y continuando sin saber cuál es la vía de acceso a la cumbre = nuevo fracaso entre comillas porque vuelvo a tener unas vistas fantásticas, diferentes y la mejor compañía = otro día excepcional en la montaña. Nos metimos por ahí hasta tres mil metros cual rebecos y esta es la foto del momento de la retirada (foto 5). Sabia decisión.

25 de Octubre de 2.008. A la tercera va la vencida y además vamos por Llosars, o sea que esta vez no fallamos. Para asegurar más, la méteo vuelve a ser fantástica y partimos la jornada: plantaremos la tienda en el ibón y tendremos todo el domingo para subir tranquilamente. Al llegar a la base del murallón del Russell ¡oh, sorpresa! Vemos la canal nevada (foto 6) y lo que es más preocupante, a tres personas en ellas que casi no avanzan. Paramos a desayunar y en todo ese tiempo casi no se han movido; miramos en dirección al Tempestades y no vemos ni gota de nieve: está claro, el Russell deberá esperar (otra vez). No hay mal que por bien no venga y hacemos cima en el Tempestades.

2 de Octubre de 2.009. Tras una inspección previa que hice en solitario 2 semanas antes al valle de Salenques – que podría considerarse como un pseudo 4º intento aunque no muy convencido – salimos de nuevo un viernes al ataque del Russell. Realmente este valle es magnífico, de los que más me han gustado y tal y que es como me lo habían descrito las reseñas que había leído previamente. Por otra parte, sabemos que la ascensión por aquí es muy larga y poco clara, con lo que el plan es hacerla en dos días. La méteo es espectacular y saliendo a pie de carretera sobre el mediodía, llegamos sin prisas y con frío a nuestro campo base al atardecer, al lado del misterioso chalet privado ( foto 7).
El sábado nos levantamos como pardillos muy pronto y debemos esperar al amanecer para orientarnos ya que no tenemos ni idea de por dónde va el camino. Salimos a las 7.
Tras una dura e intuitiva ascensión llegamos sobre las 12:30 a la punta Oriental (3.034 m) y a la antecima SE (3.205 m); seguimos cresteando y ¡oh, sorpresa! cuando ya estamos a unos 50 metros del objetivo vemos un paso en las rocas con cierto riesgo. Mierda, no había leído nada de él en ninguna reseña y me sorprendo porque en otros picos sí había visto reseñados pasos más fáciles que hemos hecho sin dificultad. Con una cuerda sí nos atreveríamos pero no llevamos... vemos que la cima en sí está casi a la misma altura y dudo, saco el mapa y creo que la cima con hitos que tenemos delante tiene 2 metros más de altura aunque se vea igual. Mercè me pide que le diga que ya hemos hecho el Russell  pero me temo que no, mi interior me dice que después de tanto intento y estando a tan pocos metros, nos sigue faltando. De lo que no tengo ninguna es de que el paso es demasiado comprometido así que... media vuelta. Salimos de la cima a las 13:15 y llegamos al coche a oscuras, con frontal, a las 20 horas. Nos detuvimos poco, tan sólo una media hora a recoger la tienda y a comer algo, lo que indica la dureza – por lo largo – de esta opción salenquiana. De todas maneras, volvemos muy satisfechos.

31 de Octubre de 2.009. Al final, volvemos por la vía más clásica, por los ibones de Llosars; jugamos con la ventaja de conocer el camino al haber estado un año antes y de volver a “partir” el itinerario en dos días. Sabemos que es la última oportunidad de este año puesto que ya ha nevado y pronto será difícil acceder a la cabaña de pescadores con un turismo. Mercè, un poco harta de esta montaña, me plantea hacerla de un tirón desde la cabaña ya que siempre vamos muy cargados (y eso que yo llevo nuestra Vaude Space de más de 3 Kg, pero bueno, ella lleva la comida que también pesa lo suyo...). sabemos que tampoco ganaremos mucho si plantamos la tienda en el ibón inferior (a menos de dos horas), habiendo de recoger a la vuelta  - con el tiempo que supone montar y desmontar – y volver cargados, así que esta vez será una ascensión ligera aunque más larga. Además conocemos bien el fácil camino así que esta vez podemos salir de noche. Tras dormir en el coche – aunque el refugio estaba vacío, lo preferimos – nos levantamos a las 5:15 a 4ºC. Vamos a desayunar al refu en el que hay gente despierta y dormida que ha llegado durante la noche del viernes sin que nos hayamos enterado: señal de que no dormimos mal en el coche. A las 6 en punto nos ponemos en marcha, justo cuando ¡empieza a lloviznar! Cómo es posible si la previsión hablaba de buen tiempo, incluso la de Barrabés definía este día como perfecto para subir tres miles... Ni dudamos, empezamos a andar y al poco, deja de llover. Cuando ya hemos sobrepasado el ibón superior, paramos a desayunar y empieza a lloviznar de nuevo aunque la perspectiva es de que mejorará; saludamos a un grupo de 5 que van hacia el Tempestades como locomotoras. No le digo nada a Mercè pero veo más nieve de la que me gustaría en la canal. Nos vamos aproximando a la base del murallón, donde nos ponemos los crampones. A las 11 llega el momento crítico: mi compañera lo ve peligroso y dice que no le gusta lo que ve; yo lo veo difícil pero factible. Siempre hemos ido juntos a nuestros hasta hoy, treinta y cuatro tres miles pirenaicos más muchas otras montañas y ante sus o nuestras dudas jamás me ha importado renunciar pero esta vez es diferente: sin ningún tipo de discusión ella me lee el pensamiento y ve que es justo que yo lo intente – mi 5ª tentativa y su 4ª - aunque no esté bien ni separarnos ni subir en solitario por una canal que no se ve muy clara... no hace falta utilizar el típico argumento de que si sube uno sube el equipo, etc. Inicio la aproximación a la canal en sí, que ya tiene una inclinación lateral peligrosilla hacia mi derecha y veo que mis crampones cogen bien pero no el piolet. Avanzo un trozo y le digo que pruebe: lo hace pero la veo insegura en sus movimientos debido al miedo y yo me veo capaz de subir pero no lo suficiente como para cuidar de ella como he hecho otras veces. Le digo que vuelva a lugar seguro y ella está de acuerdo. Continúo hacia delante lleno de remordimientos y preocupaciones que me distraen y... pierdo el equilibrio, resbalo y supongo que por instinto y en el último momento antes de empezar a acelerar mi caída, consigo cogerme con ambas manos a una roca. Me pongo a sudar de inmediato como si estuviera en el desierto del Sahara en vez de en el Russell en medio de la nieve. Me aseguro, respiro hondo y recapacito. Ella no lo ha visto, menos mal; ahora sí es momento de decidir sin titubeos: voy a subir, pero con la mente ocupada única y exclusivamente en mis manos y mis pies. Como el piolo sigue sin agarrar, me voy desviando de la ruta “normal” (veo hitos) para ir siempre cerca de las rocas y tener agarre en la mano izquierda, lo que hace el avance más lento. Cuando llego a la canal propiamente dicha, veo que se ha formado un tobogán de nieve muy profundo e inclinado y pienso que encordado con gente experta subiría fácil pero voy solo y me están esperando (foto 8). Justo en ese momento miro a mi izquierda, veo un hito en las rocas y decido probar por ahí ya que si soy capaz, tengo el collado muy cerca (foto 9). Currándomelo un poco llego al collado: pocas veces me he sentido tan feliz de llegar a un sitio que no sea la cima, estoy viendo “el otro lado”, la temible cresta de Salenques y además tengo la punta brecha cerquísima; dudo un momento pero recuerdo que si he hecho este esfuerzo es para ir al Russell o sea que quede lo que quede, para allí me voy. Afortunadamente ya sólo es un paseo con las manos en los bolsillos y en 75 minutos desde que me separé de Mercè, ¡ALELUYA!  llego a la cima donde confirmo lo que ya sabía: veo el paso chungo que nos impidió llegar aquí hace 3 semanas, reflexiono sobre las tonterías que llegamos a hacer a veces en busca de un objetivo, me hago un par de autorretratos y me siento a ver todo lo que me rodea (foto 10).
No hay traza alguna en la nieve y estoy solo: ya sabéis que estos momentos lo compensan todo. Acto seguido pienso en Mercè y reemprendo la marcha. Vuelvo exactamente por donde he subido – me he cuidado muy mucho de dejar muchas marcas en la nieve pues la bajada será más delicada – y en cincuenta minutos estoy con mi compañera infatigable de aventuras. Veo en su cara sana alegría por mí pero al mismo tiempo tristeza en sus ojos. Empezamos a bajar y en unas 4 horas estamos en el coche; hablamos poco por el camino y sé lo que está pensando. Ahora nos quedan las 5 horitas de coche hasta casa, donde confirmo lo abatida que está. Hace una semana que hemos vuelto y la situación sigue igual o peor: no se arrepiente en absoluto de la decisión de abandonar pero se replantea el tipo de montañas a las que quiere subir. Yo, por mi parte, sé muy bien que las dificultades no me permitían ocuparme más que de mí mismo y que los dos no hubiéramos llegado o hubiera sido demasiado tarde. Ahora que ya lo he hecho y lo conozco sí me veo capaz de volver y ayudarla... pero sabemos que la temporada se ha acabado.
Los que hayáis llegado hasta este punto del relato sabéis tan bien como yo que está claro que volveré y subiré con ella. No quiero que le coja manía a esta montaña tan bonita. A pesar de los momentos difíciles que he pasado en solitario, he disfrutado como un enano trepando por ahí. La anima un poco que le cuente que a raíz de la galería de fotos que he colgado, me ha contestado una pareja que ya ha subido al Russell varias veces y les ha interesado esta vía que quieren probar la temporada que viene y les he propuesto subir juntos.

Así que ya sabéis dónde estaré la primavera que viene.



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